Elogio del silencio (1º parte)

    Elogio del silencio (1º parte)

    Fuente: www.univforum.org

      

    Ricardo Yepes S.1

    Querido Carlos:

    1 Capítulo noveno del libro Entender el mundo de hoy. Cartas a un joven estudiante, Rialp, Madrid 1993, pp. 106-118.

    Seguramente tú también eres un poco ecologista. ¿Quién no? ¿Hay alguien a quien disgusten los pájaros? ¿Hay alguien que niegue la belleza natural? Han pasado algo más de treinta años desde que Rachel Carson escribió el primer alegato contra la civilización urbana. Se llamaba La primavera silenciosa. Aún conserva su fuerza: las aves enmudecieron en una primavera en la que el hombre estropeó su nido y su habitáculo.

    Para entender nuestro mundo, y aún más el mundo intelectual en el que he decidido iniciarte, es imprescindible referirse a esta cuestión. Pudiera ser un tributo al contexto, contra el que te previne en mi carta anterior, pero no lo creo, sino más bien una situación real ante la cual todos hemos tomado postura.

    Desearía aclararte dos aspectos a mi entender principales y muy relacionados entre sí: el sentido profundo, acaso último, de la preocupación ecologista, y el contexto donde conviene ponerla para no caer en tópicos sin interés. Explicando el segundo adivinarás el primero.
    La conciencia ecológica es, sin más, el regreso de la sensibilidad por la naturaleza. El hombre moderno se rodeó de artefactos técnicos de tal modo que terminó por asfixiarse entre ellos y estrangular una naturaleza que había de soportar su tiranía desmesurada. Esta historia se acelera a partir de 1960 y tiene lugar en diversos escenarios: la ciencia (investigar la alteración introducida por el hombre en los procesos naturales: lluvias ácidas, agujero de ozono, extinción de especies, etc.); la tecnología (la contaminación y la descontaminación); la política (legislaciones medioambientales, partidos verdes); la cultura (la moda “verde” en alimentación y comportamientos de ocio) y el pensamiento (la reflexión sobre estos fenómenos).
    Estos cinco ámbitos encierran casi todas las cuestiones del ecologismo. Las más importantes no son las dos últimas, sino las tres primeras: su adecuado desarrollo constituye el auténtico reto ecologista. Pero esas tres están, como siempre, teñidas por las dos últimas actitudes, las más propiamente humanas, las que determinan el rumbo de la cuestión.

    He de confesarte que soy ecologista, porque me disgusta la ciudad apelmazada y ruidosa. Adoro los cottages ingleses o suizos, llenos de verde y rodeados de montañas. Soy un caso entre millones: la gente busca un entorno natural para vivir y gozar. Siento citarte de nuevo un librito que escribí en 1989: Las claves del consumismo. Allí me referí a esta búsqueda con más extensión. 

    El sonido tiene armonía, cadencia, constancia, es casi una melodía. Le falta muy poco para ser canto. La naturaleza fácilmente se transmuta en canción El ecologismo, o la ecología, es decir, el respeto por el medio-ambiente natural, tiene un contexto más amplio del que suele señalarse. Es imposible desarraigar al hombre del medio natural porque el hombre vive. Páginas atrás te hablé de labor, trabajo y acción. La vinculación del hombre con la naturaleza radica en nuestra condición de seres vivos. Nada menos. Es algo irrenunciable. Por eso resulta insoportable la falta de respeto a la condición humana de ente biológicamente vivo.

    La ciudad comenzó siendo el lugar donde los hombres se conocieron unos a otros como tales: fue el escenario de la política, de la acción. La ciudad es parte irrenunciable de la vida del hombre porque en ella puede vender el fruto de su trabajo y hablar con otros, realizar acciones políticas, entrar en el poder. Pero a la ciudad moderna se añadieron masas proletarias con una forma de vida alienada, carente de derechos. La herencia de este cambio en la ciudad ha sido la masificación de los proletarios y su ascenso socioeconómico. La ciudad actual es casi el único lugar donde vivimos, trabajamos y somos. Y es esa ciudad moderna actual, suburbio, ciudad dormitorio, centro, oficina, la que arranca al hombre de su multisecular arraigo en la
    tierra y la vida natural.
    Si recuerdas el valor del pasado como tradición, como piedad hacia mis orígenes y mayores, y lo unes a este arraigo del hombre en su lugar natural, entenderás la fuerza devastadora de la noción de casa, de hogar. Ningún hombre ni mujer puede carecer, ni de hecho carece, de casa porque en ella se encuentra consigo mismo, con lo que es, con lo que ha sido, con su propio origen. En ella habita, mora. La nostalgia de la casa es fortísima en el hombre porque constituye su misma sustancia, llena su tiempo, permite abrir la intimidad a un entorno que es también intimidad, ampliación de sí mismo y de
    su alma. El tema del hogar es uno de los más preciosos caminos para entender al hombre. Te prometo una carta entera sobre él, para que puedas adivinar cómo anuda nuestra condición de hijos, nuestro mismo ser completado por el entorno afectivo y material, y nuestro origen, cultura, religión y proyecto. El hogar es donde nacen los hijos, y nuestra perpetuación. Es el marco natural del amor, del sexo, de la familia. Los dramas humanos más vivos, y las mejores obras de la literatura y la creación, tienen siempre que ver con el hogar, con la casa. Recuerda Lo que el viento se llevó, o La Odisea,
    entre tantos.
    Hay otros muchos aspectos desde los cuales explicar, de modo más inmediato, la necesidad del ecologismo y las patologías de la vida urbana. Voy a elegir dos. El primero es el silencio.
    No sé si te has parado a distinguir entre ruido y sonido. Me atrevo a decirte que el sonido lo producen los fenómenos naturales, y el ruido los artificiales. Seguramente no calificarías de ruido el estrépito de una catarata, de una riada, de un trueno o de un alud.
    Son estrépitos brotados en un medio natural más amplio que ellos: lo alteran y lo rompen. Los animales y la naturaleza no hacen ruido: emiten sonidos. Podemos llamar ruido al crujir de una rama, pero sólo impropiamente. En la naturaleza sólo hay sonidos.

    El sonido —no soy músico— tiene armonía, cadencia, constancia, es casi una melodía. Le falta muy poco para ser canto. Los pájaros salvan la distancia. La naturaleza fácilmente se transmuta en canción. Pero no hay sonido sin silencio. En la naturaleza el silencio es muestra de quietud y alfombra donde nacen los sonidos. Los seres naturales reposan una existencia casi atemporal, inconsciente, en ciclos de movimiento y quietud, de vida y muerte, de
    sonido y silencio. La quietud es captada por el hombre como el transcurrir del tiempo natural, como la fluidez de las cosas. Pánta rei, decía Heráclito: “todo fluye”. Ese correr lo percibo porque en mí hay algo que se detiene, que está por encima del tiempo. Otra vez la persona. Sonido, secuencia, canto/silencio, quietud, transcurso del tiempo.

    Estamos hablando musicalmente del mundo natural.
    El ruido pertenece exclusivamente a la máquina. Sólo el hombre lo produce. Llámase ruido a la manifestación acústica de la perturbación de los fenómenos naturales por parte del hombre mediante máquinas que aceleran procesos. La velocidad es la fuente principal de ruidos, porque es una acumulación no natural de procesos funcionales obtenidos en instrumentos.
    La civilización urbana vive velozmente, es veloz. Por eso el ruido es a ella connatural, intrínseco. No hay ciudad sin ruido ni velocidad. El ruido es límite principal de la técnica, porque el hombre lo soporta mal.
    Apetecemos naturalmente el silencio por un doble motivo. Primero porque la armonía de nuestro ser natural lo exige: vivir no es acelerarse, sino ir al ritmo natural, con pausas, con tiempos espontáneos, en procesos que no pueden acortarse, como la gestación o el dormir. Pero principalmente apetecemos el silencio porque en él se puede hablar y manifestar la intimidad. Si no hay silencio, el otro no puede escucharme, es inútil decirle nada. Tendría que gritar. Pero gritar excita, es tensar las cuerdas. No puedo estar siempre gritando.


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