Año Viejo - Año Nuevo

    Con enorme ilusión niños y adultos preparan el muñeco o los muñecos que representan al año viejo, los mismos que a la media noche del 31 de diciembre se los quema en medio de la algarabía, saltos, fuegos pirotécnicos y brindis. Pintoresca tradición con la que despedimos a un año y damos la bienvenida a otro año.

    En ocasiones se imita a personajes que han repercutido en la vida nacional, o escenas que fueron de conocimiento público y que marcaron la vida del país, otras veces quemamos representaciones que no son de nuestra simpatía por diferencias políticas, o simplemente incineramos a un monigote con careta que representa al año viejo, al año que termina, al año que fenece.

    ¿Pero... cuál es el sentido profundo de quemar al año viejo? El quemar algo, el reducirlo por medio del fuego a su más mínima expresión, el hacerlo desaparecer hasta convertirlo en cenizas, muestra un deseo categórico de que no exista más y de que no se repita.

    Ciertamente ese deseo apunta a las situaciones o acciones que fueron negativas en nuestras vidas y que se dieron durante el año que queda atrás y manifestamos con la quematina la intención de que no vuelvan.

    La gran mayoría de las cosas no se dan por azar, naturalmente hay algunas que no dependen de nosotros, pero otras tantas si, y para que los acontecimientos que fueron nocivos no sucedan otra vez, es necesario un plan.

    Es menester elaborar un proyecto, con objetivos claros, con estrategias que nos lleven a lograrlo, con métodos que alcancen una buena práctica, con controles indicadores de que vamos en buen camino para lograr lo que nos propusimos, sin dejar cabos sueltos, ni poniendo las esperanzas en situaciones fortuitas.

    Debemos emprender acciones que respondan a pensamientos y planes deliberados, bien trazados, solo así llegaremos a donde apuntamos.
    Todo esto suena obvio y simple, pero en la vida cotidiana, individualmente ¿ lo ponemos en práctica? ¿enseñamos a nuestros hijos a tarzar un plan ordenado? ¿colaboramos con nuestros alumnos a que lo realicen.?

    Si así lo hacemos en hora buena, y si no, deberíamos empeñarnos por realizarlo.El no tener una meta con el respectivo plan para alcanzarla nos puede colocar en una situación semejante a la siguiente:

    Imaginemos un puerto en el que hay un hermoso navío, su capitán prolijamente pasa revista a todas las dependencias, la sala de máquinas se encuentra en óptimas condiciones, el casco esta impecable, los equipos de navegación responden perfectamente, la tripulación está muy bien entrenada, llegado el día y la hora, el capitán da la orden de partida suenan las sirenas del barco, se aleja poco a poco del puerto, el continente se pierde de vista, la travesía es magnifica, sólo hay una dificultad, la nave no tiene rumbo fijo, no tiene punto terminal, queda a la deriva.

    Que cuando termine el 2005 y vayamos nuevamente a quemar al año viejo, se constituya en el quemar de una etapa rumbo a un destino previamente determinado y nos sintamos como dueños y señores de nuestros actos, no como barcos bien equipados pero que no sabemos donde van.

    JAIME A. DOUSDEBÉS V.