Carta de un hijo a su padre

    Carta de un hijo a su padre

    Mi padre era un crack. Está claro que era una de esas personas que no hay muchas en el mundo. Su corazón rebosaba cariño, pero no un cariño cualquiera, sino un cariño incondicional por el que tenía al lado, fuera quien fuese, y al que intentaba en todo momento arrancar una sonrisa. Su alegría y ganas de vivir nos las contagió a todos a lo largo de su vida con su impresionante ejemplo de bondad, sencillez y humildad. Desde que se levantaba por la mañana y nos despertaba para ir al colegio, hasta que se dormía por la noche, no hacía otra cosa que dar y dar a los demás. No nos damos cuenta, pero papá ha sido un regalo que Dios nos ha querido hacer a todos los que le conocimos, un trocito de Dios en la tierra, y nosotros, mamá y hermanos, le hemos podido tener en nuestra casa durante todos estos años.

    Esa complicidad que teníamos con él, no todos los padres e hijos la llegan a tener. Somos unos privilegiados, y por eso tenemos que dar gracias a Dios, porque ha sido Él quien así lo ha querido. La forma con la que se le caía la baba con nosotros, sus hijos, o su enamoramiento eterno por mamá, era algo impresionante, y no os empeñéis en pensar que es lo normal, porque desgraciadamente no lo es. No tiene precio haber podido disfrutar de un padre así, y ese testimonio que nos ha dejado no lo olvidaremos nunca y nos servirá para intentar parecernos a él más y más a lo largo de nuestras vidas.

    Aquel 12 de diciembre, el a veces incomprensible plan de Dios nos dejó sin una parte de nuestro padre, y nos vimos afrontando la situación más dura a la que nos habíamos enfrentado hasta ahora. De la noche a la mañana, y sin previó aviso, la vitalidad de papá se veía reducida a una lucha por su vida y por una recuperación por la que los médicos no daban ni un duro. Pero sus ganas de vivir tuvieron más fuerza y Dios nos bendijo con estos 10 meses, que a pesar de su dureza, probablemente hayan sido los mejores meses de nuestras vidas. Nuestra posición privilegiada ante Dios volvía a hacerse, poco a poco visible entre esa nube de angustia y dolor por ver a papá así, regalándonos más de 10 meses para despedirnos de él y, de alguna forma, devolverle todo el cariño, cuidados y entrega que él nos dio a lo largo de su vida. Nacho, Gonzalo, María, Lucía e Iván, hoy os doy las gracias por el ejemplo que me habéis dado durante estos meses. Vuestra fortaleza y vuestra entereza, vuestro cariño y dedicación a la hora de cuidar a papá, y la unidad que hemos conseguido en casa, sin duda alguna sólo ha podido tener a Dios como motor. Y tú, mamá..., tú, es que directamente has jugado en otra liga... Tu dedicación total, tus 12 horas diarias en el hospital durante meses, tu esperanza que tanto hacía levantar el ánimo a todos, dándonos ganas de seguir luchando, o como lo has dado todo hasta el último momento, es algo de lo que nunca nos olvidaremos, un ejemplazo que nos has demostrado a cada uno de tus hijos. Vuestro matrimonio ha sido testimonio cristiano para todas las personas que os conocen, con un amor incalculable en la alegría y en las penas, en la salud y en la enfermedad. Ese amor que has demostrado es una de las cosas positivas que enseguida fuimos sacando de todo esto; y como ésta, muchísimas más, de las que nos hemos ido dando cuenta a lo largo de estos meses.   Me acuerdo, mamá, estando tú y yo sentados en la salida de la UVI del hospital, poco después de morirse papá, que me dijiste: «Qué maravilla de personas hemos conocido con todo esto de papá». Yo no di crédito al oírte decir eso, que me dio muchísimo que pensar. Aprovecho hoy a dar las gracias con todo mi cariño al médico de mi padre, a esas enfermeras que tanto le cuidaron, a los rehabilitadores, que tanta ilusión pusieron cada día, al que le cuidó en casa con esos mimos incondicionales, y a las monjas que velaban todas las noches junto a mi padre y que tanta paz nos daban a todos cuando las veíamos entrar por la puerta. Y, por supuesto, a todos vosotros, que tanto nos habéis apoyado durante todos estos meses, ayudándonos a llevar esto un poquito mejor, porque sabed que nos acordaremos de cada uno de vosotros, que habéis estado ahí durante los momentos más duros. Y también a toda esa gente que, aun sin casi conocernos, tanto ha rezado por nosotros, porque ha sido ahora cuando me he dado cuenta de la importancia y fuerza de la oración.

    Por último, quiero pedir muy especialmente por las familias de Marta y Quique: sólo deciros que seáis fuertes apoyándoos en vuestras familias y amigos y, sobre todo, sabed que tenéis que confiar en Cristo. Porque, aunque ahora no entendáis nada, poco a poco Él os irá enseñando el camino y llenará vuestras vidas de bendiciones.