Elogio del silencio (2º parte)

    Elogio del silencio (2º parte)

    Fuente: www.univforum.org

     Querido Carlos:

    1 Capítulo noveno del libro Entender el mundo de hoy. Cartas a un joven estudiante, Rialp, Madrid 1993, pp. 106-118.

    Los sistemas técnicos de estimulación modifican los procesos naturales orgánicos y psíquicos. Indudablemente vivir sobreexcitado es placentero, por las descargas hormonales que produce. Me decía David Silvetti, torero mejicano, que llega a desear nuevas tardes de triunfo por la descarga emocional que dominar así al toro le produce. Me decía Cristóbal Halffter que es muy peligroso sobreexcitar con rock en torres de sonido gigante a multitudes juveniles en los estadios: se desencadena un proceso imprevisible.Nadie puede carecer, ni de hecho carece, de casa, porque en ella se encuentra consigo mismo, con lo que es, con lo que ha sido, con su propio origen

    El ruido es el precio de la civilización del bienestar, o del “malestar”. Una sociedad que no lo domina y disminuye aún no ha sido capaz de humanizarse lo suficiente.

    Desde aquí se puede hacer una crítica seria y rigurosa a la diversión ruidosa (que no sonora), a la huida del aburrimiento, a la frustración, a la masificación, a la pérdida del sentido de la vida y a tantos otros fenómenos patológicos de la ciudad actual.
    También puede emprenderse una crítica a “la cultura del pelotazo”, —tan desprestigiada—, a la competitividad, a la primacía del resultado por el resultado, a la excitación permanente, al stress y a tantas características de los odiados y eclipsados “yuppies”.

    El ecologismo bien entendido es también regreso a nuestro ser natural sonoro, a la sustitución del ciclo aburrimiento/diversión, día-gris-entresemana/ week-end-loco, por la contemplación y vivencia de la naturaleza, la fruición de la obra fruto de nuestro trabajo y el diálogo personal. La nostalgia de la quietud surge de la alienación en la cual vive el hombre que Kierkegaard llamaba estético, pendiente de olvidar su propia interioridad vacía y solitaria.

    Es cierta la tesis de pensadores como Alejandro Llano o músicos como Cristóbal Halffter, a quienes ya he citado: la complejidad es característica esencial de nuestro mundo. El segundo aspecto que quería explicarte puede resumirse así: la sencillez es característica natural de las cosas. La complejidad es más propiamente artificial o técnica. Las cosas, si no son sencillas, son poco humanas, poco naturales. Enfrentarse al mundo con éxito exige planteamientos sencillos, medidas humanas, un estilo que “nos vaya”. Esto lo saben hasta los fabricantes de PC’s.

    La sencillez es uno de los mejores modos de dar cuenta de la complejidad. Es genuinamente ecológica, porque guarda proporción con el mundo natural, con los seres vivos y con la propia manera de ser del hombre. Te preguntarás por qué. Bien fácil: es característica esencial de la vida la unidad. Lo vivo actúa de modo coordinado porque es uno: moverse en unidad es la manera viva de asimilar la propia complejidad interna (nada más complejo que un cerebro, y sin embargo, ¡qué coordinación!). Actuar unitariamente —es decir, de modo coherente— ayuda a enfrentarnos con la complejidad y guarda proporción con nuestro ser.

    Si el resultado de lo complejo no es la sencillez, falta unidad. La vida es una, y la unidad es sencilla. La complejidad es un estadio inferior: la disgregación articulada de las partes, la estructura de lo diverso aún pendiente de unificación. Por eso intentar una sola cosa es manifestación de unidad: se evita la dispersión. Las rupturas de la unidad son señal de enfermedad, e incluso de muerte. Lo vivo, desunido, perece. Esto se aplica al organismo biológico y a las instituciones humanas. La unidad de éstas la da tener en común unas mismas convicciones y propósitos.

    El mundo técnico es progresivamente más complejo, porque es más rico. Pero no tiene en sí mismo unidad ni vida. Sólo puede proporcionarlas la persona humana, el espíritu capaz de sintetizarEl mundo técnico es progresivamente más complejo, porque es más rico. Pero no tiene en sí mismo unidad ni vida, como vimos al hablar del saber objetivo especializado y disperso. Sólo puede proporcionarlas la persona humana, el espíritu capaz de sintetizar, de ver conjuntamente, de dar continuidad. La conciencia ecológica es, en este sentido, búsqueda de la armonía del mundo humanotécnico con su entorno: retorno a la unidad de mundo y naturaleza, si entendemos por mundo el entramado de objetos e instrumentos creados por el hombre.

    Es una unidad resuelta en acoplamiento, en compenetración mutua, en potenciación recíproca: la presencia del hombre en la naturaleza es fecunda porque la viste con la huella del espíritu. El paisaje puede ser más bello cuando el hombre ha pasado por él. La humanización de la naturaleza la completa porque la lleva más allá de sí al manifestar una vida que no se resuelve en ella. Y el hombre, a su vez, encuentra en 5 la naturaleza una obra misteriosa y viva, que no es fruto de sus manos, pero sustenta sus pies y le da un ámbito para vivir y transformar ese medio natural en cultura.

    Lo pequeño es hermoso, decía Schumacher. Esta idea se aplica más propiamente al mundo de los artificios humanos que a la Tierra, donde la grandeza es natural. La grandeza del artificio es poco humana porque no tiene límites necesarios, ni centro vital: carece de unidad. Puede crecer geométrica e indefinidamente. Los seres vivos no son así: son unos, y limitados.

    Peter Kreeft, polemista norteamericano, ha escrito en Cómo tomar decisiones unas páginas muy acertadas acerca de la sencillez como virtud. La economía de medios, los propósitos concentrados, la sobriedad en los objetivos a alcanzar, el buen uso de lo poco, permiten optimizar los recursos y proporcionan una mayor armonía a nuestra actividad. Es una virtud moral poco considerada, y muy reconfortante.

    La reivindicación ecológica toca una de las fibras más profundas del ser humano: la articulación de naturaleza y libertad, de universo y cultura, de técnica y espíritu. Lo que algunos llaman paradigma ecológico arranca de aquí y extiende sus ramas por muchas vertientes de la sociedad y la cultura actual. Podemos decir que estamos ante un rasgo efectivamente posmoderno de nuestra sociedad.

    Uno de los modos de llevar el debate ecológico a terrenos más amplios es discutir quién es el titular del derecho a explotar la tierra. Si el hombre ha perdido su legitimación —aparentemente se la dio el Dios de la Biblia al decirle: “creced, multiplicaos y dominad la Tierra”—, sería la propia Tierra, con todos sus animales, vegetales y minerales, el auténtico titular. Los derechos humanos y la misma condición social de los hombres pueden ser así reinterpretados desde una clave “ecologista”. El despertar de extremismos en esta línea no debe sorprenderte en un mundo donde el pluralismo cultural es compatible con cualquier tipo de ignorancia, reduccionismo y visiones simplistas o sistemáticas.

    Aquí vienen a cuento los derechos de los animales. Procede el asunto, hoy rabiosamente en alza, de la asimilación evolucionista de hombre y naturaleza. Si nada nos distancia del entorno, somos un grado más en la escala evolutiva. Por eso la reivindicación de los derechos de los animales es un modo posmoderno de negar la prepotencia ilustrada de la razón. Entrar en ese debate es llegar a un mundo alternativo del que te hablaré.

    Cualquier descubrimiento intelectual puede ser, y de hecho es, extrapolado y capitalizado como algo decisivo, sin serlo, a la hora de interpretar el mundo. Ten cuidado con los que generalizan demasiado pronto. Exige rigor, estudio, paciencia y tolerancia ante cualquier producto intelectual. Y quédate, en esto del ecologismo, con el núcleo del problema. Aquí apenas te lo he empezado a mostrar. Para nosotros, los humanos, la quietud, el silencio, la sencillez. Son más fecundos en palabras, sentimientos y aspiraciones.

    Dejamos pendiente una crítica equilibrada de la ciudad del siglo XX y de sus patologías. Ha de ser una crítica que acepte esa forma de sociedad como connatural al hombre, pero que sepa cercenar la excrecencia gigantesca, la disfunción, el despojo que en ella hemos sufrido. La buena ciudad ha de ser verde, sin ruido ni contaminación, espaciosa y sencilla, humana. Pero es el hombre quien la habita. Y sólo en él está la capacidad de humanizar el entorno.

    Hasta muy pronto.