La grandeza de ser Madre

    La grandeza de ser Madre


    Fuente: www.ideasclaras.org


    Diocesana
    Comisión Diocesana de Pastoral Familiar

    En la actualidad, ante una supuesta modernización de la sociedad y la búsqueda de la “equidad de género”, se pretende hacer creer que la maternidad constituye un obstáculo, carga o condena que impide que la mujer se realice; y en ocasiones dicha percepción origina que muchas mujeres se sientan inferiores o esclavizadas por el hecho de ser madres, o tan sólo por desearlo.

    La Pastoral Familiar Diocesana, entre otras tareas, pretende reivindicar la importancia e impulsar el valor que la mujer encuentra donde verdaderamente radica su plena vocación y su autorrealización: ser madre.

    La maternidad es un don de Dios
    La maternidad es un don especial de la mujer, ya que es el único ser en quien una vida se confía. La grandeza de la maternidad está en el hecho de que Dios le confía la gestación de una vida humana, un ser individual con destino particular y trascendente.

    “He adquirido un varón con el favor del Señor” (Gn 4, 1); son las palabras expresadas por Eva después de haber dado a luz a Caín, su primogénito. Con estas palabras, el libro del Génesis presenta la primera maternidad de la historia de la humanidad como gracia y alegría que brotan de la bondad del Creador. Y así encontramos diferentes ejemplos dentro de las Sagradas Escrituras, de cómo Dios concede este don a la mujer; entre otros: Gn 17, 16; 17, 17; 30, 22-23.

    Sí a la maternidad
    Margarita, que es madre soltera, dijo que ella nunca dudó en ser madre, pese a que el papá de su pequeño hijo la rechazó al saberla embarazada, y denostó a ese pequeño ser, que comenzaba a gestarse en su vientre. “Si bien es cierto que el ser madre es una labor de 24 horas al día, sin descansos ni vacaciones, la cual considero un poco más pesada para las madres solteras, dadas las circunstancias que afrontamos; es un regalo de Dios, que no me arrepiento de haber aceptado, pues ha iluminado el sendero de mi vida, y también lo ha llenado de matices y colores”, estas son las palabras de Margarita, notoriamente orgullosa de su condición.

    Ante la realidad
    Identificarse con la realidad de ser madre es un arte, pero un arte natural. En la actualidad son muchas las mujeres que están cansadas de los juegos de equilibrio para mantener una profesión y atender a sus hijos. Se ponen nerviosas cuando están en el trabajo y les llaman de su casa para decir que el niño tiene fiebre; se tensan cuando en la oficina el trabajo se alarga, y no dejan de ver el reloj sabiendo que sus hijos están solos. Las citas con el médico de los niños son una tortura si éste sólo atiende en horario de trabajo, las guarderías que prefieren para sus hijos son muchas veces privadas y caras, o están lejos del hogar y del lugar de trabajo; dejar a los niños con alguna de las abuelas les inquieta porque saben que los niños no paran un momento, y una mujer mayor no tiene los mismos reflejos…

    Los índices de estrés y tensión son altos. Esto lo pueden confirmar los psicólogos, que tienen en sus listas de pacientes una buena cantidad de mujeres, con idéntico perfil: joven profesional, y madre. Lo cierto es que el cuidado de un ser humano no es una profesión, es una forma de vida que no tiene precio, y de la que depende la humanización misma de la sociedad.

    La grandeza de ser madre
    Este don no se refiere únicamente al evento biológico, pues va mucho más allá de la experiencia físicamente fuerte de dar a luz y criar un hijo. Dios, al momento de crear a la mujer-madre, la dotó de una capacidad de amar y una grandeza espiritual capaz de formar lazos espirituales indestructibles con sus hijos, al cual se le llama “sexto sentido”, con el que perciben mucho de lo que escapa con frecuencia a los ojos de cualquiera y las hace defensoras resistentes de la vida de los hijos, al grado de ofrecer la suya.

    La magnitud de la grandeza de ser madre comprende saber manejar tensiones, entender a quien no sabe comunicarse, esperar a quien aún no despunta pero es potenciable, y levantar el ánimo del que fracasa; entre otras tareas.

    La mujer asimila su propia “grandeza” y afirma su autoestima cuando se descubre como madre. Y descubre ese don de Dios al dar el sí a la maternidad, como un día lo hizo María ante el anuncio del Ángel: “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí tal como lo has dicho” (Lc 1, 38).


    © 2018 Colegio Intisana