Un polaco llamado Juan Pablo II

    Nunca supe de su existencia, hasta ese 15 de Octubre de 1.978, cuando la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, lo escogió para suceder a Juan Pablo I.

    Su figura amable, su presencia varonil y su aire de paternal afecto, captaron inmediatamente no sólo mi atención, sino la atención de todos los que esperábamos con expectación al nuevo Papa.

    Era el cardenal Wojtyla, quién reemplazaría al recién fallecido Papa, y empezó su pontificado con un acto de verdadero cariño: escogió para si, el mismo nombre de su predecesor.

    Los tiempos que corrían en la Iglesia, necesitaban una mano firme que la guiara por entre las encrespadas aguas de los tiempos del posconcilio y encontraron en el nuevo Papa al hombre de sólida doctrina y voluntad férrea que reorientara los pensamientos, sosegara los ánimos y guiara al pueblo de Dios en los durísimos años que siguieron al Concilio Vaticano Segundo.

    Vimos entonces, surgir en su verdadera estatura a éste monstruo del Amor de Dios.

    Yo, desde la perspectiva de mis años, vi pasar verdaderas figuras no sólo para el orbe católico sino para el mundo: Pío XII, Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo I; el de ahora, Juan Pablo II, supo sumar al valor de las figuras egregias, un amor sin límites a la humanidad. Le duele el hombre en su orfandad de pensamiento. Le duele el hombre en su orfandad de pastores. Le duele el hombre en su orfandad de criterios. Le duele el hombre en su orfandad de moral. Le duele el hombre en su orfandad de Dios.

    Y acorde con su pensamiento, lo hemos visto desgastarse poco a poco; hemos mirado con estupor a éste hombre trabajar hasta 18 horas diarias, para dejar a su paso no sólo una estela de luz, sino una estela de sacrificio y una mente lúcida, nunca opacada ni siquiera ahora cuando la enfermedad pareciera pedirle toda su entereza.

    Sus años de pontificado han dado como fruto enorme claridad en todos los temas que la modernidad propone y que necesariamente llevan consigo un compromiso ético.

    Juan Pablo II ha sido el Papa de los temas de actualidad; nunca ha dejado, ni al católico en particular, ni al ser humano en general, huérfano de criterios frente a cada paso que da la ciencia.

    Los mejores científicos en cada campo fueron siempre sus asesores, asegurando así no sólo la calidad ética de sus pronunciamientos, sino unos criterios absolutamente ceñidos a la realidad técnica.

    Este hombre sufre ahora los rigores de su entrega; no podemos menos que clamar a Dios que le de la fortaleza de siempre para afrontar, una vez mas, con amor, su Voluntad.

    Autor: Raúl Araujo