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La herida de la droga, en números

Fuente: www.aceprensa.com



Un estudio aparecido en The Lancet (1) trata de cuantificar el daño en la salud que provocan las drogas ilegales en todo el mundo. Aunque se trata solo de una aproximación, los datos son suficientemente relevantes.

Los autores reconocen que el informe cuenta con importantes limitaciones: en primer lugar, las cifras no son fruto de una investigación propia, sino que están tomadas de diversos estudios, aunque todos ellos recientes; en segundo lugar, solo se han tenido en cuenta los efectos de las drogas sobre la salud de las personas, dejando de lado los daños sociales, familiares y económicos; por otro lado, no se han estudiado las consecuencias de las llamadas “drogas legales”: el alcohol y el tabaco, sino solo las de las ilegales, y especialmente el cannabis, las anfetaminas, los opiáceos y la cocaína; además, los datos se restringen a los consumidores dependientes, es decir, a aquellos en las que se da la presencia –al menos durante un mes– de tres o más indicadores de dependencia según la última edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades. Este filtro deja fuera a los consumidores ocasionales, que en drogas como la marihuana o el hachís son una proporción bastante significativa del total.

 La tasa de dependencia subió más de un 20% entre 1990 y 2010, debido fundamentalmente a los opiáceos

Años perdidos
Las unidades empleadas para medir el daño de cada droga han sido los YLDs (Years Lived with Dissability, es decir los años vividos con una discapacidad motivada por la dependencia de la droga) y los YLLs (Years of Life Lost, los años de vida perdidos debido a una muerte prematura –por la misma razón– de acuerdo a la esperanza de vida previsible). La suma de estos dos factores da el número de DALYs: el conjunto de años afectados de una u otra manera por la droga.

Por ejemplo: si una persona que por sexo, grupo social, etc. tiene una esperanza de vida de 80 años, muere a los 50 años por una causa directamente relacionada con su dependencia, se cuentan 30 YLLs; si además ha sufrido durante sus últimos diez años algún tipo de discapacidad motivada por la droga, se sumarían 10 YLDs. En total, 40 DALYs. Sumando los DALYs de todos los dependientes –obviamente, utilizando muestras de población– se obtiene el daño total causado por las drogas en el mundo.

Este acercamiento, a la vez que resulta práctico, se enfrenta a un gran problema: cómo saber qué muertes o qué discapacidades son atribuibles al efecto de la droga. En algunos casos, la relación causa-efecto aparece bastante clara, y como tal se ha consignado en las autopsias, y de ahí ha pasado a los informes revisados por el equipo investigador.

En otros casos menos claros, donde los efectos de las drogas son indirectos, los investigadores emplean un criterio estrictamente consuetudinario: se ciñen a lo que la comunidad científica ha ido sancionando con el paso del tiempo y de las investigaciones. Por ejemplo, existen numerosas investigaciones que señalan una relación entre el consumo frecuente de cannabis y la aparición o el agravamiento de la esquizofrenia; de ahí que los autores cuenten como daño del cannabis esos efectos siempre que haya indicios científicos de la conexión en los casos concretos. En cambio, la relación entre cannabis y enfermedades de miocardio no tiene aún aval científico suficiente, por lo que no se tiene en cuenta.

 

El cannabis produce tanta discapacidad por consumidor dependiente como la cocaína y las anfetamina

 La epidemia que no cesa

Desde 1990 a 2010, el número total de DALYs creció más de un 40%; aunque si se descuenta el efecto del crecimiento de la población, el aumento queda en un 22%. Los opiáceos tienen gran culpa de esta tendencia, ya que los DALYs producidos por este tipo de dependencia subieron un 40% –sin contar factores demográficos–. En total, en estos veinte años se produjeron casi 20 millones de DALYs: la suma de 3,5 millones de “años muertos” (YLLs) y de 16,5 millones de años de discapacidad (YLDs).

El mayor número de dependientes –que no de consumidores, donde el cannabis mantiene un indiscutible primer puesto– lo ocasionan las anfetaminas (más de 17 millones), seguidas de los opiáceos y el cannabis (15,5 millones y 13 millones respectivamente). El número de dependientes de la cocaína es bastante inferior: cerca de siete millones. Uno de cada tres dependientes es mujer, aunque la proporción es algo mayor –pero siempre por debajo del hombre– en el cannabis y las anfetaminas.

La droga que, con mucha diferencia, provoca más DALYs son los opiáceos, no solo por las adicciones, sino también por su relación con el VIH (el virus causante del sida). Casi cuatro veces menos daño ocasiona la cocaína, el cannabis y las anfetaminas, con una ratio DALYs-dependiente muy parecida entre ellos.

Aunque las anfetaminas provocan el mayor número de casos de dependencia (uno de cada tres), los años de discapacidad (YLDs) atribuibles a esta droga solo representan el 15% del total, y el número de “años perdidos” es apenas significativo, pese a que es la sustancia más claramente asociada al suicidio. En cambio, el daño de los opiáceos, aunque menor en extensión, es más intenso: aunque esta droga supone el 29% de las adicciones, su representación tanto en los YLDs como sobre todo en los YLLs es mucho mayor, un 43% y un 55% respectivamente. Es decir, más de la mitad de los años muertos se deben a los opiáceos. Otro significativo 43% es atribuible al grupo de sustancias que el informe engloba en “otras drogas”: éxtasis, alucinógenos, uso no médico de fármacos como la benzodiacepina, etc.

Cannabis: droga blanda con duras consecuencias
La imagen social del cannabis es mucho más positiva que la de la cocaína, algo que probablemente tenga que ver con una supuesta mayor facilidad para consumir cannabis sin llegar a ser dependiente. Los números del informe –que se refieren solo a los casos de dependencia– señalan no obstante que el número de dependientes de la cocaína es apenas la mitad que los del cannabis.

Es cierto que el consumo de cannabis apenas produce YLLs, entre otras cosas porque su relación con el suicidio o con algunas enfermedades de corazón no está aún lo suficientemente demostrada. Sin embargo, la proporción de años de discapacidad por cada dependiente es muy similar a la de la cocaína, y solo ligeramente inferior a la de las anfetaminas.

Como efectos indirectos sobre la salud, más allá de la propia dependencia, el cannabis solo se ha relacionado fehacientemente con la esquizofrenia: tanto su agravamiento como su temprana aparición. No obstante, la proporción de casos es poco significativa. Nada que ver, por ejemplo, con el principal “daño colateral” producido por las drogas ilegales: el VIH.

Según el informe, las infecciones de VIH debidas al consumo intravenoso (fundamentalmente de opiáceos) supusieron entre 1990 y 2010 un total de 2,1 millones de DALYs, más del 10% del total. De ahí que los autores centren sus recomendaciones en este tipo de sustancias. En concreto, proponen fomentar el uso de sustitutivos a los principales opiáceos como forma de desenganchar a los dependientes, y facilitar el tratamiento con antirretrovirales a los infectados por VIH.

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Notas
(1) “Global burden of disease attributable to illicit drug use and dependence: findings from the Global Burden of Disease Study 2010”, The Lancet (29-08-2013).

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